¿Existe una oposición política a Piñera?

A pocos meses de iniciado el gobierno de Sebastian Piñera, no es evidente para la ciudadanía si existe una oposición política a su gobierno, y si se vislumbran posibilidades de que ello ocurra efectivamente,  quiénes serán sus opositores. Este es un problema no menor, pues de la constitución de una oposición depende en gran medida el tipo de cambios que se esperan del nuevo gobierno y de la democracia que se abrirá paso tras el legado concertacionista.

¿Pero cuáles son las razones que pueden explicar la ausencia de una oposición política? A mi juicio, existen a lo menos las siguientes situaciones que llevan a pensar en ello.

En primer lugar, cabe destacar que hasta hace poco en Chile habían existido diversas oposiciones políticas a los gobiernos concertacionistas: la oposición de los herederos del viejo régimen militar, con sus matices (la comunista y la humanista), todo ello sumado a diversas oposiciones desarticuladas y discursivas que no lograron constituirse efectivamente.

La llegada al gobierno del Estado de la Coalición por el Cambio inauguró un nuevo ciclo político que, a diferencia de los anteriores, no cuenta con una oposición en forma, toda vez que el viejo conglomerado concertacionista se ha ido licuando y perdiendo perfil ante la sociedad. De hecho, resulta extraño para la sociedad civil que dirigentes socialistas, directivos demócrata cristianos, pepedés y radicales, acepten ofertas de ser integrantes del nuevo gobierno, sin mencionar a innumerables cuadros técnicos y, en no menor medida, cuadros políticos que permanecen trabajando junto a los directivos superiores nombrados por Piñera.

La llegada de la Concertación al poder en 1990 instaló una lógica de cacería hacia quienes estuvieron vinculados a violaciones a derechos humanos o que colaboraron con la dictadura. Ahora no, y es más, se valoran las capacidades de manejo en los temas de gestión del modelo económico social imperante, y se busca captar a quienes puedan poner esa experiencia al servicio de Chile. La verdad es que son muchos los que quieren servir al país, de todos los signos políticos. El desalojo anunciado por la antigua oposición, si bien ha cobrado innumerables víctimas, se ha visto matizado por este cruce e intercambio de las elites gobernantes que cómodamente siguen gestionando un modelo que lo sienten patrimonio común, disolviendo el dolor infligido a quienes son expulsados del aparato estatal, luego de haber servido cinco, diez, o veinte años, en muchos casos, sin seguridades ni consuelo alguno, asumiendo los costos de la lealtad a toda prueba hacia sus jefes y líderes que sembraron ilusiones de una nueva democracia, en justicia e igualdad.

En segundo lugar, para ser oposición se requiere saber por qué serlo, además de disponer de un discurso que sustente una posición. Durante el régimen militar, parte sustantiva de los líderes que siguen dirigiendo los actuales partidos políticos tuvieron un discurso claro de recuperación de la democracia, la justicia social, participación, igualdad; discurso que una vez llegados al poder lo transformaron en recurso para sostenerse por años aferrados al gobierno, esta vez, usado para legitimar un orden de cosas que execraron por años.

¿Cómo constituir entonces un discurso político opositor que no genere inconsistencias y sea a la vez verosímil? No es tarea sencilla discursear en contra del gobierno para atacar lo que hace poco era política de Estado, como las privatizaciones, la educación de mercado, las desregulaciones, la mantención de los impuestos o la contención de la participación. Eso la gente no lo entiende.

En tercer lugar, la oposición política es una expresión condensada de los movimientos que tienen lugar en la sociedad civil, digamos, expresan emociones, anhelos, demandas colectivas. Piñera llegó al poder porque supo canalizar un anhelo social, y llegó desde una oposición en forma. La Concertación tuvo su hora en 1989: congregó el deseo social de paz y libertad.

¿Qué mueve hoy a los potenciales opositores para hacer significativo y veraz el sentido de su acción? Desprovista de un anclaje a la realidad las opciones en juego para la constitución de una oposición política carecen de realismo en el corto plazo. Se requiere madurar, observar, ubicarse en el mapa del poder, y luego adoptar los pasos que la situación exija. No hacerlo lleva al voluntarismo y a formas extremas de falta de realismo político.

En cuarto lugar, ser oposición política es una conquista en el imaginario social. Vale decir, puede haber muchas oposiciones políticas, pero serias, pocas. Y lo que reporta dividendos y otorga crédito es la seriedad y coherencia. Para ello es primordial la autocrítica. Hoy no se observa autocrítica en los potenciales opositores; más bien afloran formas de ira, descontrol, confusión y, en general, comportamientos impropios de una oposición política.

¿Cuáles son las oposiciones en potencia? Por un lado, el Partido Progresista que ha comenzado a impulsar Marco Enríquez – Ominami constituye una opción consistente que puede devenir oposición política con opciones de futuro en la medida que constituya un discurso que profundice en los contenidos que hicieron resonancia en más del 20% de sus votantes y potencie nuevos liderazgos; y, por cierto, que sea realista y con fuerte flexibilidad táctica. Por otra parte, la Concertación, que aún no termina su duelo, requerirá de cirugía mayor para tener opciones de ser fiable, y adoptar una actitud de humildad en el nuevo contexto. No es suficiente la línea parlamentaria y municipal. La ciudadanía chilena tiene una fuerte influencia presidencial y las críticas politiqueras no son bien evaluadas.

En resumidas cuentas, el gobierno de Piñera tiene una ventaja de tiempo que puede aprovechar, cual es la recomposición del cuadro de fuerzas políticas que disputan el espacio de ser oposición en los próximos tiempos. Ese es un proceso en curso con perfiles aún sombríos y su resolución depende de múltiples actores: los líderes políticos, el accionar del gobierno y las posiciones que adopte la ciudadanía. 

Ad portas del cambio político

Ad portas del cambio político

Desde hace una década se ha venido evidenciando una preocupante situación en el estado de salud de nuestra democracia, toda vez que, desde su recuperación, en 1990, no ha habido un mejoramiento sustantivo en su calidad, ni se constata que la ciudadanía se reconozca como parte de una agenda de futuro colectiva, los jóvenes se integren al sistema político o la sociedad civil participe activamente en los asuntos públicos.
 
Hacia fines de los años noventa comenzó a emerger un conjunto de señales de un difuso malestar social que se prolonga hasta nuestro tiempo, que logró capturar en sus primeros contornos el Informe de Desarrollo Humano del PNUD Chile, en 1998. Como bien señaló Lechner[1], una de las fuentes de descontento con la democracia radica en el desempeño del mismo sistema político. Ese Informe dio pistas para comprender lo procesos que tienen lugar en nuestra sociedad a la vez que expresan las primeras señales de cambio en la sociedad y su relacion con la institucionalidad democrática. El desarraigo experimentado por la población con respecto a la democracia estaría asociado a “la tendencia de tantos chilenos a sentirse ajenos a los cambios y a no comprometerse con el régimen democrático” lo que puso en evidencia “la debilidad del Nosotros. La nueva ciudadanía no alcanzaría a vivir los cambios como algo “nuestro” porque no habría ni una experiencia práctica ni un imaginario del Nosotros que les permita sentirse parte de un sujeto colectivo. La indiferencia reflejaría un desarraigo cultural de la democracia”.[2]

El escenario en el que ha tenido lugar este proceso está claramente señalado por el nuevo rol que comenzó a desempeñar el Estado de la pos dictadura. En efecto, tras el debilitamiento experimentado por el Estado de Chile durante el régimen militar, la matriz de articulación sociopolítica, o el modo en que se relacionaban actores sociales e instituciones políticas en el país, y que permitió dar una fisonomía delineada, enfrentó fuertes modificaciones que, entre otros efectos, alteró las formas de representación social, vinculadas al sistema de partidos políticos; modificó los roles históricos de un Estado comprometido con la protección social y la seguridad de las personas, lo desperfiló en su rol económico y la transformó en un ente con escasas facultades reguladoras de las fuerzas del mercado, destacando la pérdida del sentido de proyección histórica que brindó a la sociedad a través de proyectos colectivos que movilizaron esperanzas y sueños de millares. Es posible que este último factor sea uno de los más trascendentes y explicativos del fenómeno de la desafección ciudadana de la política en el Chile actual.
 
Por otra parte, el proceso de democratización ha sido limitado a la reproducción de los factores de gobernabilidad establecidos por el andamiaje institucional heredado de la dictadura militar, no asumiendo la demanda que emergió hacia fines de los años ochenta, de abrir paso a una democracia con participación y protagonismo social. Ello ha tenido entre otras consecuencias, el incremento de la brecha social o la desigualdad en Chile, y la desarticulación de la sociedad civil, la cual se expresa de un modo fragmentado, con un débil impacto social[3], no está articulada a proyectos sociopolíticos, y con una escisión creciente de la institucionalidad política existente. Esta desarticulación social resultante se ha expresado principalmente en el temor y la inseguridad, desafiliación política y debilitamiento de los lazos colectivos y comunitarios.[4]
 


Un estudio del PNUD[5], concluyó que, mientras en 1996 el 61 % de la población entrevistada en la región prefería la democracia respecto de cualquier otro régimen, en 2003, tal adhesión descendía al 57 %. De estos, casi la mitad (44.9 %) que decía preferir la democracia estaba dispuesto a apoyar a un gobierno autoritario si este resolvía los problemas económicos de su país.

 


El  fin de  un ciclo  histórico

Mirado en perspectiva estos  años de gobierno y de  Concertación de Partidos por la Democracia – coalición gobernante  por 18 años -   podemos  señalar que todo proceso político y cultural se desenvuelve en etapas o ciclos que, conforme se suceden en el decurso de la acción, van dejando con su paso a los protagonistas como espectros anclados a discursos e imágenes que en un momento iluminaron sus perfiles y dieron sentido y proyección a las propuestas que esgrimieron en medio del proceso  político - cultural. Es ese movimiento el productor del cambio, el que permite la renovación y la creación de nuevos discursos, liderazgos y, en política, otorga certidumbres y esperanzas. Chile está inmerso hoy en una gran transformación que comienza a manifestar sus perfiles y anticipa la reconstrucción de un nuevo ciclo político y cultural.
 
Tras 20 años desde el mítico plebiscito de 1988, que abrió el camino a la recuperación de la democracia, está concluyendo un ciclo que ha sobrevivido por casi dos décadas, y que hizo posible la tolerancia social a la instalación cultural del capitalismo globalizado y la democracia restringida en prácticamente todas las capas de la sociedad chilena. Esa leyenda asentada sobre los miedos sociales al pasado fue posible además porque el acuerdo político encubierto de la post dictadura, se asentó sobre la experiencia política de las generaciones del siglo XX que dieron contenido a ese proceso, y que fueron sus protagonistas. La política de los progresistas dio por sentado que la sociedad habría de ser conducida hacia el nuevo mundo de la globalización sobre la base de una despolitización y desmovilización deliberada, tarea que ya habían emprendido sus antecesores. Curioso proceso. Pensar en redemocratizar sin politizar la sociedad ha sido uno de los fenómenos que están en la base del cambio que se está gestando, tornándose a la vez en el sepulturero del orden pos Pinochet que agoniza.
 

Politizar es dotar de contenido de lo público a la ciudadanía, de hacerla partícipe de los cambios y de las decisiones sobre lo que concierne a la vida de individuos y colectivos; y en ello, en verdad no se han invertido las energías ni los recursos de la democracia conquistada. Chile no está constituido de autómatas que sólo desean consumir bienes y servicios, a quienes se les debe brindar un buen trato cual cliente del supermercado de la oferta pública.

El proceso político cultural en que se encuentra el país se ubicaría el la última fase: se transitó por la esperanza de lo nuevo, se pasó por la resignación y la aceptación de las cosas como son, y se ha entrado al cuestionamiento del orden existente. Importa detenerse en la actual etapa: los actores sociales en su diversidad temática y organizativa comienzan a expresar los nuevos contenidos de la política del cambio, intuyen y enarbolan promesas de nuevas certidumbres, se constituyen en actores y sujetos de las nuevas transformaciones, se vivencia una repolitización de la acción ciudadana. Estamos ad portas de un nuevo ciclo político e histórico.
 
Tan formidable proceso tendrá consecuencias sobre el futuro político del país, toda vez que exigirá de quienes lideren ese cambio, atender las claves de la nueva ciudadanía que emerge con la globalización y la sociedad del conocimiento y la información. Desde luego, ese entendimiento entre política y sociedad habrá de fundarse en un nuevo contrato social.
 
El viejo contrato que hizo posible la democracia que conocemos, habrá de considerar la nueva calidad de la ciudadanía global y territorial, demandante, exigente de los derechos humanos ampliados, a la vez que integrar nuevas modalidades de ejercicio de la democracia que hagan posible el anhelo social de gobernar las transformaciones para el mundo del siglo XXI.
 
No es fácil para la política mirar el futuro desde paradigmas que no contribuyen a explicar y comprender los fenómenos que vivimos como sociedad globalizada, pero es imperativo asumir que Chile no está al margen de los cambios que viven sociedades sacudidas por las desigualdades extremas, el deterioro medioambiental, las discriminaciones, la elitización de la política, o la des democratización.
 
Cuando los jóvenes proclaman la educación pública, los ambientalistas la protección de nuestro mundo, las mujeres libertad para decidir sobre sus derechos reproductivos, los pueblos indígenas, dignidad y territorio, los pobladores respeto a sus derechos, los nuevos trabajadores justicia social, deben ser valoradas como voces de promesas del cambio democrático que Chile anhela y  no  como  amenazas a  privilegios.
 
Estamos viviendo  la reconstrucción  de un nuevo  escenario  político, donde las claves de interpretación  y acción política  apropiadas para el siglo XX  pudieron ser útiles,  hoy devienen  obsoletas. En esta  búsqueda de un Chile para el siglo  XXI, sólo cabe seguir estableciendo y ampliando  diálogos  y acuerdos  sociales y políticos,  vinculando  sociedad civil y nueva  política  democrática. 
 



[1] Norbert Lechner (2002), Chile, el arraigo de la democracia en la vida cotidiana, Pág. 4

[2] Ídem.

[3] Indice de la Sociedad Civil de Chile 2006. Fundación Soles - CIVICUS

[4] Informe del PNUD - Chile Las paradojas de la modernización. Desarrollo humano en Chile 1998. Santiago de Chile, 1998.

[5] La Democracia en América Latina, PNUD, 2004, Pág. 137

¿En qué discrepan Políticos y Ciudadanos hoy?

Adolfo Castillo

Con motivo del reciente discurso presidencial de 21 de mayo, comenzaron a delinearse posiciones respecto del sentido que proyectaron las palabras de la mandataria, que pueden entenderse como lecturas o interpretaciones del trasfondo del mensaje.

A objeto de evitar equívocos, vamos a suponer que la distinción “políticos” y “ciudadanos” es relativamente clara. Los primeros, viven de la política, en el sentido weberiano, sea como empleados del Estado o como intelectuales o asesores de los gobernantes en todos sus niveles. Los ciudadanos, son principalmente actores sociales o individuales que intervienen y deliberan acerca de los asuntos públicos, en niveles diferenciados de escalas e intensidades.

Desde que asumió la jefatura del gobierno, la presidenta Bachelet señaló con claridad que su gestión estaría signada por una ausencia que acompañó el discurso - y también la práctica - de los tres anteriores gobiernos concertacionistas: la ciudadanía. Como lo señaló su noche triunfante, “El 11 de marzo también marcará el comienzo de un nuevo estilo en la política nacional. Un estilo de gobierno dialogante, participativo. Fui la candidata de los ciudadanos. Ahora seré la Presidenta de los ciudadanos. Chile requiere una nueva política para una nueva ciudadanía”.

Se trataba de un discurso muy distante a las formas que habían caracterizado a los gobiernos que la precedieron, y que produjo mucho ruido, irritación y sospechas de parte de los políticos más tradicionales. Sentían que una amenaza se cernía sobre la comodidad de sus posiciones de poder, de su inmunidad a todo evento. Y comenzaron a levantar la voz para hacer ver su disconformidad con el giro que podría experimentar la conducción política en el nuevo período de gobierno. Desde la ciudadanía, se fue mirando con simpatía la invocación a la sociedad civil como parte de un nuevo diseño democrático de gestión política, y se albergaron promisorias perspectivas que anunciaban la emergencia de un nuevo ciclo de convergencia entre sociedad y estado.

Transcurrido poco más de un año del actual gobierno, y tras el Mensaje de 21 de mayo, puede afirmarse que se ha producido un quiebre, a lo menos discursivo, en la propuesta de gobierno que se enunciara en diciembre de 2004. Desde luego que en política nada es casual, pero lo que cuenta finalmente, son los actos concretos. Sobre la base del “giro copernicano” que experimentó el discurso del Ejecutivo, se pueden formular las siguientes observaciones:

a) Los políticos del statu quo han logrado afectar la agenda presidencial, a partir de errores de conducción (transantiago, descoordinaciones ministeriales), e imponer agendas propias o corporativas. No se trata de un “retorno de polémicas en torno a pensamientos y definiciones sustantivas que están en las matrices doctrinarias de las diversas culturas políticas”, o que “las corrientes políticas chilenas parecieran no sólo haber redescubierto que la política también incluye conflictos significativos entre pensamientos” como se ha sostenido públicamente.

b) La ausencia de un discurso que apela a los sujetos y actores del cambio democrático, es una declinación ante los poderes fácticos que han bloqueado el desarrollo de una sociedad civil fuerte en Chile. Y un discurso no sólo señala adhesiones a promesas posibles, sino que contiene y expresa a la vez, procesos en curso, en este caso, las demandas de cambio que tienen lugar en el seno de la sociedad civil, y que son representadas por quienes disponen de sensibilidad para hacerlo.

c) La política tradicional es una política de posición, de mantención de privilegios, es esencialmente conservadora. La ciudadanía del nuevo siglo, multiforme y polifacética, expresa el cambio y la modernidad, y políticamente, es la garantía de desarrollo y perfeccionamiento de la democracia.

El éxito de la política tradicional, y el quiebre de la curva descendente de su declive, está estrechamente vinculado a su capacidad de escucha de lo nuevo, de una renovación en el modo de hacer política. Para la ciudadanía, un momento más en el desarrollo de procesos o ciclos históricos de construcción y reconstrucción de la inestable y nunca acabada construcción de un orden inclusivo y democrático.



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