DERRIBAR EL MURO

Se vive un proceso de descomposición política de la derecha pinochetista, misma que por años ha sostenido la legitimidad de las violaciones de los derechos humanos en dictadura y profitado de la usurpación de bienes públicos para su enriquecimiento durante décadas, que se ha sostenido en el poder, primero usando la violencia terrorista apoyada por fracciones de nuestras fuerzas armadas desleales al gobierno de la Unidad Popular, y luego, gracias a la institucionalidad antidemocrática propuesta por Jaime Guzmán.

Esa derecha está en fase de colapso y sustitución, lo que abre el campo para el inicio de las transformaciones anheladas por la mayoría ciudadana.

Los resultados de la elección presidencial de noviembre pasado no solo han señalado con claridad el respaldo de la mayoría nacional a las propuestas de cambiar las reglas que sostienen el actual modelo político y económico; a la vez dan cuenta de una modificación en sus preferencias, donde se aprecia un quiebre en la continuidad del pinochetismo político, la emergencia de nuevos liderazgos de fuerte arraigo social y la conformación de un bloque político transformador de mayor amplitud que la extinta Concertación, creándose las condiciones para avanzar hacia nuevos niveles de democracia y justicia social que permitan derribar el muro levantado en la guerra fría chilena.

Por cierto que el muro contra el cual han luchado cientos de miles de estudiantes, movimientos sociales locales y regionales, organizaciones sociales en múltiples temáticas, ha sido un muro formidable y de alta resistencia, sin embargo, sus bases están corroídas y su capacidad de reproducir sistemas de apoyo es menor a la requerida para su preservación, lo que abre un escenario de reformas para Chile.

El temido desmantelamiento del orden guzmaniano por parte de los conservadores neoliberales y cómplices pasivos de la dictadura no será un acto de fuerza ni un asalto político en medio de la noche: será resultado de una gradual y sostenida caída de una institucionalidad incapaz de legitimarse a sí misma que ha terminado por constituir una nueva voluntad democrática en el país, pudiendo afirmarse que ha sido la incredulidad social la que finalmente acabará por desmontar piezas claves del modelo neoliberal.

En este cuadro en desarrollo la Nueva Mayoría en cuanto nuevo bloque histórico es una promesa de transformación a la vez que inicio del fin de liderazgos que fundaron su poder sea en el apego a la gobernabilidad posdictatorial o enarbolando banderas de un ciudadanismo vacío y populista desde las misma institucionalidad. En este escenario, las reinvenciones políticas o el intento de preservar un poder precario pueden ser comprendidas como señales de la inevitable e inexorable extinción del ciclo en el cual se ha vivido.

Derribar el muro de los cómplices pasivos será tarea de millones, labor en la cual los nuevos líderes políticos que han emergido de las luchas sociales están llamados a jugar roles cruciales y desde luego en la fuerza creadora de la ciudadanía.

En este marco la elección del 15 de diciembre se presenta como una ocasión propicia para infligir al pinochetismo una derrota que abra paso al inicio del fin de los horrores iniciados hace 40 años y para que quienes desean proyectar sus liderazgos adopten decisiones acordes al crucial momento histórico que se vive.

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