Aparentemente, la respuesta obvia es porque existe una mayor conciencia ambiental en la sociedad, lo que genera altos niveles de rechazo a las acciones desprolijas de la autoridad política y de empresas irresponsables socialmente. No obstante, lo que hoy emerge como la punta de un iceberg en la realidad política chilena, expresa malestares profundos y anhelos de cambiar de una vez el actual estado de cosas.
Es casi una paradoja lo que está viviendo el país, pues por un lado encontramos a autoridades de gobierno y actores del mundo empresarial, incluidos políticos de variados colores, alabando las bondades de la economía chilena, de sus altas tasas de crecimiento y de promesas de un futuro de dicha para las familias del país, al punto de afirmar que estamos ad portas del desarrollo. Y por otro, una sociedad con altos niveles de desconfianza hacia las instituciones, con temores diarios por su seguridad laboral, la salud, o la educación de sus hijos, y con miles de personas en ciudades del país, expresando su rechazo a las decisión de construir un mega proyecto de centrales hidroeléctricas en la Patagonia chilena, con miles de estudiantes exigiendo cambios al sistema educacional, otros bregando por la legalización de la marihuana, entre tantos movimientos sociales que sacuden la escena pública del Chile pos consenso.
¿Cómo explicar esta paradojas? Lo que aparenta ser una señal de normalidad de una democracia en forma, no es sino una manifestación de malestar generalizado con un país que ha sido conducido como si los ciudadanos no importaran ni existieran; como una sensación pública de enojo y rabia que encuentra en Hidroaysén el volcán por donde fluye la lava del descrédito ciudadano por un orden que sienten ajeno a sus intereses, insensible a sus demandas de justicia y libertad, y especialmente, de democracia.
Lo que resulta aun más sorprendente son los cambios en los comportamientos de los actores políticos. Hoy los ciudadanos ven a los viejos concertacionistas convertidos en ambientalistas furiosos, defendiendo lo que ayer apoyaron sin reparos a espaldas de quienes les dieron su apoyo por años, transformados en fiscalizadores de último minuto, cuando tuvieron todo para develar la corrupción que carcomía algunos servicios del Estado, y desde luego, la puerta giratoria que une Estado y empresas, donde conspicuos dirigentes de las eras Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet, pasan de ministerios a directorios de empresas, precisamente, en aquellas instituciones que más afectan a las personas. Eso es incomprensible para la ciudadanía.
Estamos en el acceso a un nuevo ciclo de recomposición de un nuevo bloque histórico en Chile, el cual ha venido manifestándose en los últimos años, pero que comienza a expresarse orgánicamente, socialmente. Es un proceso similar al vivido en las postrimerías de los años 30, que llevó a la formación del Frente Popular; o la falange nacional hacia fines de los años 50, o la Unidad Popular, pasando por el bloque conservador que instaló una dictadura y la concertación de partidos por la democracia que la desalojó del poder. Es un momento de trazos constituyentes, signado por una sociedad incrédula, por una juventud con ganas de asaltar el cielo y una sociedad civil que se articula intersectorialmente.
Chile vive momentos que estremecen sus cimientos, certezas, y auguran el desarrollo de un nuevo proceso de convergencia democrática.






