Actores sociales y partidos políticos: los perfiles de la crisis

Un debate de amplias repercusiones está teniendo lugar en los espacios donde la cuestión pública otorga contenido a la acción, tanto de los actores políticos de naturaleza institucional -los partidos- como los actores sociopolíticos, vale decir, aquellos que movidos por fines cívicos ingresan a la arena de la política deliberativa. Este texto, escrito en  el otoño  de   2006,  adquiere  plena sintonía  hoy.

Este debate, que ubicamos en las intersecciones entre acción sociopolítica y partidos políticos, ha comenzado a adquirir un tono de necesidad para la opinión pública hoy, cuando en el contexto regional y nacional emergen nuevas imágenes desde la política, donde las tonalidades y actores que habían copado las agendas aparecen difusas y desperfiladas. Y es una cuestión que puede tener impactos sobre el decurso de los acontecimientos que  vive nuestra  sociedad.

Tal vez muchos no acepten reconocer que en los actuales escenarios la construcción de la sociedad y su dotación de sentidos pasó a ser un campo en donde intervienen una pluralidad de actores con intereses, objetivos y propuestas, convergentes y/o diferenciados, pero cuyo perfil esencial es ejercer el derecho a optar deliberadamente en la configuración del nuevo orden nacional – global. Esto es así, toda vez que la sociedad deviene espacio de exposición de proyectos, expresivos de continuidades históricas con pretensión de proyectar hacia el futuro nuevas  escenografías, nuevos “relatos” de esperanzas plausibles. Estamos en los albores de una nueva época, o a lo menos de constitución de paradigmas de nueva articulación política de la sociedad. Las actuales  invocaciones a  la reedición de una  nueva democracia de los  acuerdos,  parafraseando al viejo  Marx, bien podría ser  una  farsa. Todos  buscan  detener la fuerza transformadora de la sociedad civil,  impedir que  cree  nuevas formas de expresión política  y que  aspire a  reconstruir un contrato social sobre  bases   genuinamente democráticas.

Detengámonos a reflexionar sobre la democracia existente en Chile, la cual supone que los partidos políticos agregan demandas e intereses sociales diversos, provenientes del amplio campo de la sociedad civil. Si este proceso acaeciere según lo postula la teoría, los magros resultados que obtienen los partidos en las encuestas de opinión dan cuenta de dos problemáticas: por un lado, que los elitistas, es decir, quienes creen que es mejor agregar demandas que abrir el arco de actores decisores a las cuestiones públicas, estarían realizando mal su labor, o bien, que la sociedad está desbordando el régimen político, en este caso a través de actitudes cívicas opuestas a los partidos. ¿Cómo plantearnos de cara a estos datos de realidad? Para el primer caso habría que buscar correctivos, mediante rediseños en la gestión de las instituciones estatales responsables de hacer frente a este tipo de conflictos que operan en democracia. Ello es una tarea de envergadura, pues supone poner en debate el rol de los partidos políticos y su espacio en una sociedad plural, diferenciada y crecientemente ciudadana. En cuanto a la emergencia de nuevos actores sociopolíticos, se requiere de una vez una apertura política hacia un debate sobre los fines de nuestra democracia, superando las limitaciones de las perspectivas instrumentalistas que prevalecieron en la agenda de la transición democrática en Chile.

Si el estado es el lugar donde se adoptan decisiones de asignación de bienes y servicios para la sociedad, sobre la base de que éstas son demandas provenientes de la diversidad social, habrá de concordar en que las promesas incumplidas del mercado y del estado se expresan en la arena pública como desafección hacia los partidos políticos, entidades percibidas como responsables de las insatisfacciones actuales. El desempleo estructutural de los jóvenes, el desamparo de los grupos sociales desvalidos frente a un futuro incierto, las demandas de tierra de los pueblos originarios, la búsqueda de justicia de los familiares de detenidos desaparecidos, la  justicia  ambiental  en contra de  Hidroaysén,  entre tantas otras, son demandas que aluden a la provisión de bienes y servicios desde el estado, pero anidan una demanda por la conversación sobre los fines de la sociedad.

Chile vive una gran transformación, la cual no sólo apunta al nuevo relieve de la individuación y de los comportamientos egoístas y centrados en un comunitarismo conservador, como han escrito algunos apologistas del orden reinante. El trasfondo del cambio apunta más bien a la construcción de nuevas identidades sociales, a la materialización de formas de expresión del pluralismo social que no está contenido en las estructuras partidistas del siglo XX chileno y que  sólo  puede concluir  con  un rediseño de los modos en que la nueva sociedad  quiere  organizar su vida y cómo desea  ser  parte de las soluciones  a la crisis  planetaria que afecta  a todos por igual.

Si se mira con detenimiento estos fenómenos se apreciará su concatenación, en donde la nueva fuerza de la ciudadanía que trasciende los límites partidistas logran ir instalando discursos y prácticas que señalan no sólo una crisis o agotamiento en las estructuras tradicionales de mediación y agregación de demandas - los partidos políticos del siglo XX – sino que señalan el desarrollo de formas nuevas asociativas, de amplia potencialidad de producción de nueva clase política democrática.

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